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La nobleza


La nobleza está adscrita a la idea de centro y con ello a la idea de lo sagrado. Lugar donde se reúnen cielo, tierra e infierno; y a la vez residencia real que simboliza la montaña cósmica como puerta de acceso al más allá. Por tanto la nobleza más que una jerarquía grupal representa una teoría cosmológica de la que emana la pureza y sus actos de gracia, y donde es a la figura del rey a quien corresponde reconocer y premiar dichas actitudes.

¿Y bien, que es la pureza?. La pureza es un eón en el espacio. Aquello que a partir de su ficción aprisiona la verdad entre la fluidez de la materia y el concepto de confusión, lo que acaba formando el cuerpo sensible. Llegados a este punto el enemigo natural de la nobleza es el caos, ese objeto de lo primordial que carece de todas las propiedades que menciono. Pero fijémonos en lo peculiar de esa relación. En realidad no es que exista una confrontación en ello sino que el proceso es más como una carga interior, como una afrenta psíquica. Podemos deducir de ello que a partir de aquí puede suceder cualquier cosa sea o no destinataria en su forma. Unos lo entienden como el sacrificio del cuerpo frente al alma y otros negando esa realidad siendo ateos.

Hagamos un poco de historia a partir de aquí. Han habido muchos ciclos en la nobleza. El último de ellos es el de 1820 cuando el título nobiliario correspondía a una prerrogativa de honor referida en el articulo 62f de la constitución. Y no era nada más que eso. Por otro lado la nobleza significa el conocer y el conocido y se distingue por los hechos o virtudes realizadas entre sus contemporáneos. Cuando la nobleza es concedida en vida por el monarca, se le llama nobleza de privilegio; cuando es por linaje y heredada, se le llama nobleza de sangre. Aquí en España el origen de la nobleza desciende de la reconquista, de sus batallas y repoblaciones fronterizas y por distinguirse en la administración. No entraremos aquí en las categorías que existen dentro de la nobleza ya que lo podéis consultar por internet. Añadamos sólo que en el diccionario se entiende por nobleza a la generosidad, honradez y total ausencia de maldad (también en el caso de los animales y cosas). Lo que si haremos es tratar de averiguar porque a día de hoy aún hay gente pintando la desgracia de los demás en la pared.

Si entendemos de antemano que existe una necesidad de más en la vida debemos ir preparándonos para ello, quizás a partir de aquel espíritu de lógica que aportaron los franceses en su momento el cual llegó a sentir un odio contra la nobleza de sangre que aún dura. Mezclados entre la plebe andan esos guardianes de la sabiduría siempre de la mano de ese individualismo que ellos llaman objetivo pero que sólo es apariencia, pues así es su universo y planteamiento final donde todo es error, genial y absurdo, pero error al fin y al cabo. En ese mundo no cabe la disidencia ni el buen hacer sólo el paroxismo cultural internacional con la única idea de sobreponerse frente a la incertidumbre. El propósito es recrearse continuamente en la forma como arquetipo de la esencia. Dentro de ese esquema tan limitado la nobleza poco tiene que decir al respecto pues también ella cae en esa espiral de la que es parte (pese a su propósito anímico).

A estas tendencias naturales preexistentes, las podríamos denominar rituales de los que va fluyendo un estado de efectividad determinado en cada caso. Esta purificación viene condicionada por lo que se espera de ese ritual. En esa representación el espectador, por así decirlo, se identifica más o menos conscientemente con los personajes escogidos. Vive de ellos, pasando a ser un acto de su propia pasión. Como decía Juan Eduardo Cirlot: "se acerca el cementerio con los ojos inundados de lágrimas". Es una bonita expresión para un acontecimiento futuro que se espera vencer, y como tal, el punto firme en la tierra que todo hombre desea para llamar la atención cuando supera las barreras burocráticas e impersonales que le fija su administración. El hombre sigue siendo mágico por naturaleza. Su fuente vital ha de estar a la altura de esas circunstancias y, a veces, en eso lo absoluto no alcanza esa expectativa. Entonces, volvemos a sumergirnos en la tierra buscando respuestas. Y lo hacemos, además, con miedo a fracasar en el intento y cayendo en el recurso demoniaco de las malas artes. Eso ocurre, cuando desaparece toda sustancia y toda forma de consciencia en relación a ese plano espacial.

Entonces de que nos sirve todo lo que nos enseñaron los clásicos, como no sea que con el tiempo desaparece la cualidad paterno-materna del hombre que ya no contempla la posibilidad de ese estado de cosas en la esfera de lo divino. La divinidad está hoy a ras de suelo y, en cierta forma, hemos abandonado esa fisiología abstracta para centrarnos en cuestiones de carácter más fácticas y reales. En el futuro, la nobleza jugará un papel central en esa cuestión pero no será a partir de su genealogía (que también). Su lugar, asegurado por la historia, seguirá en los límites eónicos conquistados hasta el momento por y para el gobierno de los mejores. Ese es su capital, y su futuro. Atrás quedará todo lo demás; tanto las sociedades tradicionalistas como las utópicas, ambas fermentadas en la ignominia y la aceptación del imperio del dinero. Esas mismas sociedades se preguntan para que son las cosas, como si con eso se demostrase la naturaleza de esas mismas cosas preguntadas, delegando a los demás el resto del esfuerzo cósmico. Pero la verdad, es que ese devenir tiene los días contados. De hecho, lo tiene desde el día en que alguien se proclamó con poderes demiúrgicos para dar y tomar lo que, seguramente, ni siquiera es suyo. Siendo esta cuestión la que presenta además un problema gordiano añadido en el quehacer histórico (el problema gordiano es el nudo espacio-temporal determinado por la historia).

Es una de las primeras cosas que entendí en la facultad de historia. Y fue, quizás, por lo único que lamenté dejarla. Ahora, el mundo que tenemos delante, ya no está dividido en buenos y malos. El caso ruso es sintomático en ese sentido. Un país que tras la experiencia excitante y misteriosa del marxismo, ofrece ahora una cara totalmente diferente. Quizás, más humana y en plena fase de milenarismo autocomplaciente y sedentaria, y supongo que se lo merecen después de tanto trajín. Pero volvamos a lo que nos preocupa. Una de las grandes cuestiones del siglo XXI seguirá siendo la herencia darwinista frente al postulado creacionista, y la gente no se cree ni una cosa ni la otra; sencillamente, no contempla esa posibilidad biológica en sus vidas. Les da lo mismo, si vienen del mono o son parte de una substancia superior. Desde aquí, el caso supongo que será poner cada cosa en su sitio y dotar a las cosas de dignidad, incluyendo con ello también a todo lo demás (nobleza inclusive).

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© 2014 Manel Vallès

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