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La Santísima Trinidad (1).


Dentro del mundo teórico consideramos el mensaje ideal como el desarrollo de las distintas formas particulares que se establecen en las categorías de lo bello. Así, por ejemplo, en publicidad un mensaje subliminal representa el concepto de producto y a partir de aquí se trata de averiguar cuales son los límites objetivos del lenguaje que se emplean y los límites impuestos por el contenido, por la época o por el ambiente. Cabe pensar, pues, que ese mismo producto se adapte al clásico esquema de base tradicional de la sociedad de consumo occidental, esto es la desmesura y el malestar con sus formas antagónicas; lo sobrio y el buen vivir, respectivamente.

Así, en el marco actual de interjecciones ruidosas nos queda por saber de que naturaleza es la fe que empleamos en cada interpretación que hacemos; no tanto en su sentido sacro, como cognitivo. Somos lo que comemos; somos lo que vemos; y somos lo que sentimos, en el marco de las circunstancias que nos conciernen y ello sin caer en tendencias fabulatorias o mitomaniacas. En ese marco referencial los dioses nos prometen su protección. A partir de aquí, el hombre asciende de forma más o menos vertical a un nuevo escenario. Si en ese escenario el paisaje que representamos toma la forma deseada; a partir de aquí, comerciamos.

Podríamos decir que lo real no es lo que vemos sino lo que somos y deseamos y en esa carrera de obstáculos creamos nuestras propias categorías. Por tanto, lo moral es esa naturaleza artificial que actúa de poder ensoñador y espinoso. De ahí, que utilicemos el lenguaje que no es más que la expresión abstracta, y por tanto, semántica de eso que llamamos deber. De hecho, hace falta mucha ilusión para entender este proceso ya que es necesaria la comunicación. Y, por eso también, nuestro instinto es afectivo y colonizador. Es nuestro lado animal y el problema radica, supongo, en seguir queriendo más. No es que nuestra naturaleza nos imponga un deseo natural sencillamente es que tenemos miedo a extraviarnos en ese camino. En ese sentido la gente se enfrenta con razón en defensa de su mal. Queda poco de aquella felicidad antigua donde se mantiene la costumbre de evitar aquello que puede morder. El error consiste en evidenciar a aquello superfluo; a aquello que brilla, pero por dentro es deplorable. No busquemos el bien como decía Séneca, hagámoslo (aunque no en el sentido cristiano). El acto y la experiencia son pura basura cósmica en la que se han ido arrastrando los jesuitas desde hace siglos. Y a eso lo llaman clarividencia. Luz estoica. Estoica del xanadú.

Acordaros que los estoicos eran aquellos que se atenían a la naturaleza de las cosas y, por tanto, la sabiduría consistía en no apartarse de ellas según su ley y su ejemplo. Si, además, a eso le llamabas tranquilidad y libertad; eliminabas toda ferocidad, verdadera fuente de debilidad. El sumo bien era aquella alma que despreciaba las cosas azarosas y se complacía en la virtud. El alma crea su propia escenario su propia batalla frente a los embates de la fortuna. Se insinúa por la vía de la consagración y ya no abandona al cuerpo, de hecho, al diluirse como un azucarillo por el cuerpo el alma adquiere un tinte detectivesco. Cada individuo se convierte en una pequeña cruzada de sí mismo y a la vez en su propio bienhechor pretérito y futuro. Así el hombre actúa según su propia autoridad en armonía. Y yo me pregunto; en armonía en relación a que, a la unidad, a la concordia.

No amigos, la unidad es un ente abstracto pero no representa jamás una coordenada absoluta. No se puede confrontar la virtud y el mal bajo ese prisma. Sin embargo, vivimos bajo el yugo de esa ley. La de los pocos frente a la mayoría. Y el sistema inventado es la separación de poderes proyectados en la infinitud. Es la sangre fría frente al maniqueísmo solar. Es el horror y la angustia modernas. Se trata de profundizar en ese sentido, de que nada quede oculto ni corrompido porque visto de cerca es triste. El I+D actual y empirista que se supone que aporta; complejidad, mecánica, observación tomista. Todos ellos valores reduccionistas, escasos y mezquinos. Habéis estado en sus academias; veis algún tipo de emoción más allá del grado infinito en que no se contradiga en sus propias imperfecciones. Es ese el paisaje propuesto; el del comercio en el templo y las puertas abiertas de par en par al negocio de la servidumbre sin tener en cuenta nada más. No tendré en cuenta esa trilogía bastarda del cuerpo, alma y espíritu por una sencilla razón; no es suficiente el paraíso ni en la tierra ni en el cielo, porque el gran espíritu murió hace tiempo y con el sus deseos naturales inmutables. El campo de acción, la organización de las cosas no puede estar condenada de antemano a su propia investigación por miedo a que caigan las cosas que valen la pena. Tampoco dar servirá de mucho ya que ese modelo cognitivo está muy trillado.

El oráculo sigue lanzando dardos luminiscentes y con ello puede correr el riesgo de una sobrexposición venenosa. Ya sabemos que todo aquello que embiste contra las cosas que son firmes e invencibles ejercita su propia fuerza; pero también sabemos, que todo lo sólido se desvanece en el aire. Tenemos el caso de la selva de símbolos que es Nueva York donde se viven tiempos oscuros, de transformación. Una transformación que no ha sido entendida del todo. Se trata, básicamente, de la miseria del historicismo. La paranoia dialéctica del idealismo alemán que no aceptó la bajeza costumbrista por considerarla en el fondo indigna de su condición. Estamos pues en un punto muerto. En la segunda parte hablaremos de lo que dejamos atrás y de lo que se supone que nos espera por delante. *

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© 2014 Manel Vallès

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