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La Santísima Trinidad (2).

Decíamos, que habíamos llegado a un punto muerto en la primera parte de este artículo. Algo así como un cese definitivo de sus funciones vitales. Recreándonos en ello, podríamos considerar que una vida incompleta no da pie a una muerte real; y que, como un ritual, se nos muestra siempre de forma noble y dentro de unas formas concretas.

Por otra parte, al clasificar las cosas a partir de esa naturaleza orgánica acaba uno preguntándose en que final y en que fase histórica estamos de ese calendario; ya que, el vínculo con el pasado y su producto sería la melancolía y eso nos conduce directamente al destino y su paisaje. Pese a ello, no carece de dificultades la edificación y cimentación de una analítica existenciaria, principalmente, por la línea de investigación que ha seguido la filosofía hasta ahora, que no es otra que la concepción natural del mundo. En ello, juega un papel fundamental la antropología contemporánea por su nivel de posesividad.

A este fomento de las disciplinas positivas (demasiado optimistas desde mi punto de vista) se suman las categorías espirituales que no siempre son suficientes pese a su evidencia de concreción hasta llegar al socialismo empirista de hoy. Nos quedamos, pues, con la unidad como destiladora de fenómenos identitarios. Pero cuando eso desaparezca que lo hará (de la misma forma que algún día el sol se apagará); entrará en desuso ese núcleo vital y el conglomerado de positividad trival dará paso a otro modelo estructural donde familias y grupos heterogéneos se permuten desde la superación de conflictos pasados como la división de poderes y la condición humana (verdadero mensaje subliminal del comunismo internacional; hoy en día, ya deshumanizado y almacenado en algún lugar del mundo).

Ahora, toca el futuro. Esa norma de predicado verbal entre el sujeto y el objeto que no es otra cosa que el quehacer cotidiano. Lo físico en un mundo como este debe ser conocido. La llamada sociedad postindustrial y el estado del bienestar se han sumado a una inercia en la que se recoge el derecho a dotarse de los referentes materiales que uno desee adquiriendo velocidad de crucero y donde cabe toda proceso ontológico; pero también, nada es objetable. Como decía Lautremont: !oh pulpo de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú, el más hermoso de los habitantes del globo terrestre que gobiernas un serrallo de cuatrocientas ventosas; tú, en quien habitan noblemente, como en su natural residencia, de común acuerdo, con indestructible vínculo, la dulce virtud comunicativa y las gracias divinas, ¿porqué no estás conmigo, con tu viento de mercurio contra mi pecho de aluminio, sentados ambos en algún roquedal de la orilla, para contemplar ese espectáculo que adoro?.

Lautremont, era aquel poeta que quería morir acunado por las olas del mar tempestuoso o de pie sobre la montaña, sabiendo de antemano que su aniquilación sería completa. Y yo me pregunto: ¿quien puede llegar a ser el último destinatario de toda esa herencia mortuoria; de todo ese animismo literario?. Si hay que bendecir a la providencia, hagámoslo a partir de lo que ya sabemos. Pensemos, que han vaciado el lago del orgullo y que queda aún mucho por hacer para quien quiera igualar a Dios. En la falacia del siglo XX, en sus escuelas de pensamiento, en su concepto de horizonte, de dinero, de instituciones, de constituciones, de artificio, de conglomerado existenciario atado por cientos de enanos; de su relativismo e insustanciabilidad, etc.

Hemos de preguntarnos, también, si todo ello casa con la realidad; y si nos interesa, que case. Sopesar las circunstancias para saber que está arriba y que está abajo, donde se encuentra el palacio y donde la choza de barro. Se puede ser un ejemplo de escepticismo frente a lo inmundo y acabar por convertirlo todo en un mero protocolo, como de hecho está ocurriendo ya por esos caminos de cemento y alquitrán. Y se puede, levantar la mirada y ver que la séptima puerta (la de Orión) ha sido derribada a las puertas de Jerusalen. El yugo traicionero de la medianez, ya hizo su trabajo; y limpió de sangre su espada sagrada y vengativa. Hoy, el resultado es imperceptible en la sociedad pero aún existe, y existirá siempre, la eterna guerra y la moral con brío de malicia que lo envuelve todo en la conciencia colectiva: lo que supondrá, estrategias distintas en este siglo que estamos. El recurso de perfil bajo que se practica en las escuelas y universidades, verdaderos centros de generalidades imprecisas (todas ellas pagadas con dinero público), hacen de la historia lo que se espera de ellas; pronunciar su estructura lineal con la finalidad de articular la superficie cognitiva del impulso primitivo y primario del hombre del que van surgiendo, como por arte de magia, fórmulas subjetivas de conocimiento.

La física, las ciencias naturales y todas las demás ciencias y artes funcionan a partir del principio de inmaterialidad del cosmos para que sólo haga falta ir tirando del hilo. Evidentemente, eso es un problema teológico más que nada ya que es el molde a partir del que se construye el resto. Es importante, por tanto, superar esa idea banal de la ilustración exorcizada en la evidencia de pertenecer a algo o a alguien. Si sólo arrastráramos esa parte, digamos; manual o mundana de todo el asunto que, en definitiva, es la razón perderíamos la oportunidad que nos ofrece esa misma sociedad que podríamos calificar como precientífica (quizás, esta vez, en un polo inverso al determinismo inherente del mundo contemporáneo).

Es un momento este, en el que las grandes teorías científicas más modernas se solapan con la influencia del primitivismo y soportan, por ello, la comparación con formas de creación instintivas que, por otro lado, están surgiendo. La ciencia analítica, a la que nadie objeta nada acabará convirtiéndose en omnipotente rayo celestial en su caída al centrífugo imperio donde allí reina la suciedad y el falso comercio. Y frente a ello, no ha habido ninguna escuela seria que se le haya opuesto últimamente. El naturalismo, no fue más que la confirmación de ese estatuto canallesco al que se le van sumando desde entonces diferentes propiedades. Por tanto, el resultado es que uno acaba siendo lo que escucha y lo que le pide el cuerpo. No hay dilema, sino hay praxis; y no hay acción, sino hay experiencia. Y más allá del cero, hay un mundo por descubrir. Si en el principio de este mundo no había pecado, tampoco lo habrá al final.

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© 2014 Manel Vallès

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