La Fundación Gala-Dalí: valor hermenéutico.
- Manuel Vallés Plasencia
- 19 oct 2016
- 6 Min. de lectura

Yo definiría a los surrealistas como la rápida respuesta a la complejidad del mundo. En mi primera y única visita hasta el momento del Museo Gala-Dalí, no tuve la sensación normal de estar en un espacio abstracto propio del acontecer museístico. Más bien, el sentido era otro. Más concreto. A modo de parque temático de algo que desconocía pero que, en cierto modo, intuía.
Aplicándome un poco en ello entendí que; como modelo de conocimiento, el surrealismo desempeña importantes funciones de comunicación y comprensión (sociología del lenguaje). Así, limitarse al hecho de la subjetividad en relación a este aspecto del arte era quedarse corto. Ya que como última voluntad, el surrealismo exigía ser parte de ese juego interpretativo inscrito a la contemporaneidad. A partir de aquí, si hemos de entender el surrealismo como la posibilidad de concebir la existencia de la surrealidad (que en Breton sucede de la experiencia clínica y su contacto como asistente de un psiquiatra en 1917 durante la conflagración mundial) es gracias, no sólo al interés de artistas por el psicoanálisis en su momento, sino también, de una gran parte de la intelectualidad allí donde se desenvolvieron esos postulados. Así, el método paranóico-crítico daliniano, y el surrealismo en general, pusieron a prueba todo un juego de posibilidades objetivables preámbulo de lo que sería luego la cultura del pasado siglo hasta llegar a nuestros días. Una cultura caracterizada por mostrar tendencias hacia otros límites y, por supuesto, hacia otros anclajes e imposturas.
Ahora bien, el surrealismo no sólo representa una salida conceptual por si solo; es también, la puesta en escena de un determinado formato. En ese sentido, Dalí pretende con su museo instalarnos (o instalar) en ese contexto de verdades y falsedades el mundo y vida modernos. Así, con la excusa de un interés institucional por la obra de Dalí aparece en nuestro país un concepto que si en principio busca desentrañar al sujeto moderno; en realidad, sólo pretende ubicarnos en otro espacio, en otro paradigma cultural. Dalí, que para eso era muy inteligente ve la oportunidad no tanto de reflejar como de pensar en algo completamente diferente. Su meta (sobre todo, a través de la ciencia) es estimular un determinado comportamiento y quehaceres más allá de la aparente visibilidad conceptual de dicha ciencia. Aunque, a nosotros nos parezca un poco determinista; su obra y actitud, expresan esa voluntad de ir más allá. Aceptamos, por tanto, una idea sencillamente brillante. El ocultamiento del sujeto moderno que piensa y actúa de forma diferente. Que no es clásico (en su sentido categórico), que no es moderno; sino, otra cosa.
Tenemos así a un artista (moderno) que se marca el objetivo de liberarnos de los instintos e imaginería primitivos (tendencia esta última desarrollada por otros movimientos artísticos). En ese sentido, lo surreal afronta la imaginería moderna. Sin embargo, a un nivel expositivo y dentro del marco de la obra de Dalí, corremos el riesgo de lo Kistch, de la anécdota sino insistimos en la circunstancia de que estos mismos surrealistas buscaban solucionar un conflicto y un impulso vitales. En ese proceso estamos aún hoy y faltan más propuestas críticas e intelectuales para dejar a un lado la alienación. Eso que Hegel llamaba la conciencia infeliz; y que en Dalí, se torna en criterio versus realismo en el marco de un entorno intelectualista. Cuestión esta, que inaugura o recupera nociones como certidumbre, criterio, la misma noción de realismo, verdad (en el sentido hermenéutico), error, conocimiento, síntoma, evidencia, fenómeno, especulación, etc.
Dalí es un artista completo en ese sentido. Nos introduce en un campo teórico que pocos artistas se atreven a cruzar. Ese conductivismo daliniano, no siempre bien entendido, sugiere una revalorarización de los aspectos formalistas kantianos (eso que en Kant es la crítica del conocimiento). La imaginería daliniana es, pues, pura iluminación. Si entendemos por crítica toda aquella estructura que existe para ser reconocida como guía, entenderemos que, con Breton a la cabeza, el surrealismo apuesta por todo lo que huele a nuevo (también, en el campo de la ciencia). Se imaginan, con ello, los surrealistas un mundo al margen de determinismos (aunque esta será, más bien, una condición sujeta a esa nueva ciencia).
Acostumbrados al Barroco o al Neoclásico, el siglo XX inaugura en el arte el concepto de especulación junto con la idea de lo absoluto. Dalí, es un producto más de ese arte. Y se equivocan aquellos que entienden esa circunstancia como algo vacío, irrelevante o accidental. En el arte, como en la vida, todo esta relacionado; y eso, por si solo ya es significativo. Dalí, además, es un artista que sale corriendo de la charca realista e inmovilista del arte en el momento justo en el que aparecen otros planteamientos. Este recorrido sigue vigente y es opcional. En esencia, se trata de una lucha a medio camino entre el realismo y el idealismo. Si en Fitche esto se asimila como la identidad del yo en relación a la moral y el derecho natural; quizás, el problema radique entonces en que un planteamiento así sea demasiado radical. Pero en el marco en el que aquí nos referimos (el de la institución-museo) esta circunstancia es asimilable. Eso hace que el público tenga una relación má o menos de conjunto si ve que arte y ciencia, por ejemplo, evolucionan. Y es que nuestro público ya viene condicionado por el entorno. Una vez solucionado lo evidente; a mayor complejidad mayor resolubilidad.
Si lo subjetivo de la conciencia (Hegel) reconoce que el mundo es producto de la libertad de la inteligencia y su intuición nos descubre el mundo objetivo; su condición, pone de relieve la riqueza de sus planteamientos. Si, por esa condición; entendemos, fundación y creación a partir de determinados contenidos (esto es, el propio acto de creación) podríamos deducir que de lo que se trata es del carácter innato y, por supuesto, de la intencionalidad de Dalí en ese sentido. Ya que si tuviéramos que atenernos a la máxima de confluencia podríamos deducir que toda realidad no se basta a si misma pese al status o condición realista implícita a esa condición. De esos márgenes estructurales, el resto es vorágine, desenlace y; en el caso de los surrealistas, desencuentro de una determinada escena. Con ello, la supuesta complejidad implícita al surrealismo es, precisamente, la puesta en escena de esa complejidad interpretativa más allá de sus posibles paradojas.
Este punto viene a confirmar mis sospechas de que los surrealistas sólo reaccionan frente a una ley. Y esta es: la de ser consecuente frente al espíritu moderno. Por eso, el no permitir ciertos paradigmas afines a esa modernidad sería incongruente en relación a los objetivos que se proponen las instituciones. Pero no es el caso. Complicidad y compromiso a la vez, es lo que tenemos por parte de esas instituciones (y, además, de una forma bastante brillante). Por otro lado, otro aspecto importante del efecto Dalí; no es tanto, esa naturaleza condicional que le hace tan particular sino su propio estrellato. Hay que reconocer que esa catársis, llamémosle visionaria, altera la metafísica de las costumbres (o lo hacía hasta hace poco). Aunque, con ello, muy alejada de las categorías formales la estética daliniana es (pese a lo que hayamos podido decir aquí) la quintaesencia del realismo. Es contradictorio, sin embargo, que lo que el mundo entiende por realismo sea aquello que esta por encima de lo subjetivo o trascendental; siendo Dalí un artista fundamentalmente metafísico, descriptivo y conceptual. Ahora bien, dentro del ámbito científico (y de la filosofía de la ciencia) existe ya un cierto consenso en calificar esta cuestión a partir del interés por la categorización. Osea, el de que los hechos no estén sobrecargados por la teoría.
En ese sentido, Dalí carece de radicalidad en cuanto que no significa un cambio de paradigma cultural. Aunque, si rascamos un poco, podemos situarlo en el ámbito hermenéutico que comienza desde la Ilustración hasta nuestros días. De esta circunstancia, extraemos la conclusión de que su obra se opone a las interpretaciones positivistas ortodoxas de la ciencia en el sentido de un interés constructivista por la misma. Y de que, en definitiva, el surrealismo no sea más que una conjetura de la vida moderna. Un avance psíquico y necesario en los márgenes de esa vida moderna. Su lectura es, asimismo, fundamental para entender la parte más trascendental del arte moderno.
Bibliografía.
-Elisabeth Roudinesco, La batalla de los cien años: historia del psicoanálisis en Francia, Editorial Fundamentos.
-Demetrio Estébanez Calderón, Breve diccionario de términos literarios, Alianza Editorial, 2006.